Untitled-2-01El Vinosaurio del mes es nuestra mención especial a un vino que se haya destacado y llamado nuestra atención. En abril, la luna se hizo protagonista por su color tornasolado, y no pudimos haber elegido un vino que condijera mejor con este particular fenómeno. Si bien muchos consideran este mes como el mes del malbec, los Vinosaurios tomamos la tangente y nos preparamos para el Desafío del año descorchando un gran ejemplar de Bodega Benegas: Luna Benegas Cabernet Sauvignon 2011.

 

“Luna, a la más compleja de las uvas y el más macho de los vinos”


Descansa el vino oriundo de Maipú sobre la mesa, aguardando a que llegue la comida, pero al mismo tiempo se nos exhibe, nos tienta, nos provoca con su etiqueta atrevida. Sensual, la representación de Luna, la hija de Federico Benegas Lynch, nos advierte que estamos por abrir un vino imponente, no apto para blanditos, pero más que nada, un vino al que hay que dejarlo hacer su trabajo, sin molestarlo. Viene prepotente a deleitarnos, pues entonces, no le ofrezcamos resistencia.

 

En copa presenta un color rubí cobrizo, clásico del cabernet, dejando a más de uno absorto en la estela que deja sobre el cristal tras el leve zarandeo propinado por el consumidor. Acto seguido, el vino se acerca a la nariz, la estimula vivamente, y los ajíes brotan en el aire, avisando sobre el futuro picor en boca. Si se lo deja reposar unos pocos segundos, comienzan a notarse los frutos rojos, a predominio de frutillas, maceradas en pimienta si se quiere ser un poco más exquisito.

 

Llega de la mano de la cocinera, el notable pollo a la sal, acompañado por zapallo y papas al horno, queriendo desviar la atención de Luna, pero falla en su cometido. Ella sigue ahí, reclamando ser degustada. Pero quién lo diría, muchos pregonan acompañar el cabernet con carnes rojas o pastas, pero particularmente esta ave maridó perfectamente con el fruto del fruto, con el brebaje de la uva. Por su parte, el revés de la etiqueta deja la luna en cuarto menguante, recordándote que no te apures para tomarlo. Ahí uno se percata de que lunas rojas no se ven todos los días, y que cuanto éstas más duren, mejor.

 

El cabernet pide permiso y se asegura de hacerse notar, visitando cada escondrijo de la boca. Marca su presencia con el picor característico, vivo. Es un vino que llegó para quedarse, saltando sobre las papilas gustativas, amedrentándolas suavemente pero dejándolas con ganas de más. Y es así como llega la siguiente copa, y la siguiente, y lentamente el satélite terrestre se esconde, se acaba la botella, pero sólo para dar paso a otro día, y con suerte, alguna otra vez, la Luna volverá a estar llena sobre la mesa.

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